CASA SUSANA EN ARLES 2023 Y MAISON DE MADAME MANUEL .SEMEJANZAS Y CAMINOS FOTOGRAFICOS MARICAS Casa Susana y La maison de madame Manuel La exposición Casa Susana que Rencontres Arles en su edición 2023 en el espacio Van Gogh de la ciudad francesa es una muestra espléndida de un hallazgo fotográfico acaecido en los años difíciles para la comunidad LGTBI + de la segunda mitad del siglo XX en Estados Unidos donde las leyes perseguían estas prácticas queer. Estos hombres son reales que aparentemente llevaban una vida convencional, pero soñaban con travestirse y de hecho la muestra que se puede ver en este festival fotográfico es una bellísima, completa y variada de tre nnsformismo norteamericano. Las fotografías fueron encontradas por casualidad y se pueden ver en Arles durante todo el verano 2023. Si Casa Susana es real. Estos travestidos son de carne y hueso disfrazados de chica. La maison de madame Manuel es una ficción del artista español Manuel de Teresa que durante la primera mitad del siglo XX traviste a chicos en su domicilio particular del barrio madrileño de Lavapiès y pueden ver en www.manueldeteresa.com A continuación, le muestro una selección de fotografías de esta exposición interesante y curiosa. Nuria Hernández Valverde Presidenta de la asociación Ojalá La Mancha Fotografías tomadas por Manuel Jiménez en julio del 2023 en los Rencontres de Arles. Casa Susana and la maison madame Manuel The Casa Susana exhibition that Rencontres Arles shows in its2023 edition in the Van Gogh space in the French city isa splendid exhibition of a photographic discovery that occurred in the difficult years for the LGTBI + community of the secondmiddle of the 20th century in the United States where laws persecuted these queer practices. These men transformed into women are real and they Apparently they led a conventional life, but they dreamed of cross-dressing and in fact the sample that can be seen in this photographic festival is a beautiful, complete and varied of North American transformism. The photographs were found by chance and can be see in Arles throughout the summer of 2023. Casa Susana is real, brave, clandestine. These transvestites are flesh and blood disguised as girls. La maison de madame Manuel is a fiction by the Spanish photographer Manuel de Teresa who during the first half of the 20th century crossdressed boys in his private home in the Madrid neighborhood of Lavapiés and can be seen at www.manueldeteresa.com Below I show you a selection of photographs of thisinteresting and curious exhibition of both exhibitions: Nuria Hernandez Valverde President of the oja La Mancha association Photographs taken by Manuel Jiménez in July 2023 at the Recontres of Arles. Casa Susana et La maison de Madame Manuel L’exposition Casa Susana que les Rencontres Arles présentent dans son édition 2023 dans l’espace Van Gogh de la ville française est une splendide exposition d’une découverte photographique survenue dans les années difficiles pour la communauté LGTBI+de la seconde milieu du 20ème siècle aux Etats-Unis où les lois persécutaient ces pratiques queer. Ces hommes transformés en femmes sont réels et ils Apparemment, ils menaient une vie conventionnelle, mais ils rêvaient de se travestir et en fait, l’échantillon que l’on peut voir dans ce festival photographique est un beau, complet et varié Transformisme nord-américain. Les photographies ont été trouvées par hasard et peuvent être voir à Arles tout au long de l’été 2023. Oui, Casa Susana est réelle, courageuse, clandestine. Ces travestis sont de chair et de sang déguisés en filles. La maison de madame Manuel est une fiction du photographe espagnol Manuel de Teresa qui durant la première moitié du XXe siècle garçons travestis dans sa maison privée du quartier de Madrid Lavapiés et visible sur www.manueldeteresa.com Ci-dessous je vous montre une sélection de photographies de ce exposition intéressante et curieuse des deux expositions : Nuria Hernández Valverde Président de l’association oja La Mancha Photographies prises par Manuel Jiménez en juillet 2023 aux Rencontres d’Arles
Raúl Martinez gana con El cambio de vida el XV premio literario Ojalá la Mancha.El poema de Pedro Criez, Eironeia es mención.
Eironeia
Sobre el mantel, los restos de la cena.
Igual que dos amantes se entrelazan
Las cucharas del postre compartido.
Hoy todo es ironía.
Está llena de luz esta mañana
a pesar de tu huída y mi
derrota.
EL CAMBIO DE VIDA
A Mikel le llamó mucho
la atención el que Sonia tuviera la determinación y sobre todo la certeza de
que en el plazo de medio año cambiaría su vida. Y es que, si bien la
conversación había transcurrido en el tono poco serio con el que solían
tratarse, aquella frase la repitió hasta tres o cuatro veces, cada vez con más
contundencia. Así que no es de extrañar que después de despedirse, la frase
siguiera rondando por su cabeza como una mosca
en día de bochorno.
“Cambiar la vida” -se
decía una y otra vez- como si fuera accionar un mecanismo cualquiera y ya está.
Venga ya. Se acordó de Rafaé, aquel hombre que con bastante arrojo se les
ofreció a un amigo y a él para hacer de guía turístico en el pequeño pueblo
alpujarreño al que llegaron tras una excursión a pie. Como el pueblo, aunque
blanco y precioso, no tenía gran cosa, rellenó la visita contándoles su vida.
Rafaé era un hombre menudo, calvo y desdentado, de unos treinta y tantos años,
pero que se había gastado bastantes más. La verdad es que tenía cierto aire
yonki. Les contó que se había criado felizmente en el pueblo pero, cuando le
tocó ir a la mili, le cambió la vida. Lo decía sin reproches, aguantando la
sonrisa en la que mostraba no más de cinco dientes dispuestos asimétricamente,
como invitando a que cada uno se imaginará los excesos que le vinieran en gana.
En fin, que a Rafaé (al que una vez acabada la tournée le invitaron a una caña
en el bar del pueblo y se quedó con la vuelta) sí que le cambió la vida, sin
que al menos aparentemente, por lo que contó él mismo, hubiese habido ninguna
voluntad por su parte.
También se acordó de que
la frase más usada entre los que estrenan maternidad o paternidad era esa
misma: “Te cambia la vida”. Aquí sí se trata (la mayoría de las veces) de algo
voluntario, pero tampoco veía a Sonia inseminándose para ser madre soltera.
Como estaba totalmente
desorientado, decidió probar con internet, que es donde hoy en día se encuentra
la respuesta para casi todo. Escribió en el buscador “Cómo cambiar tu vida” y
al instante se desplegaron cientos de páginas web. La mayoría promocionaban
organizaciones de tipo secta, que ofrecían meditación, autoconocimiento y demás
rollos macabeos en los que ni él ni Sonia tenían demasiada fe. Había también
unas cuantas páginas sobre salud, alimentación, dejar de fumar, etc. Hasta que
encontró una web en la que se ofrecía intercambiar la propia vida con otras personas a mediante una sencilla operación quirúrgica.
Al parecer, el método
consistía en una especie de radioscopia cerebral con la que te extraían el
líquido de la cavidad de Silvius, en la cual según estudios científicos es
donde se encuentra la esencia personal de cada uno, y lo intercambiaban con el
de otra persona, con lo que el cambio resultaba muy efectivo, a la vez que
inmediato. Se aseguraba asimismo que la operación no tenía el más mínimo
riesgo. Mikel intuyó que ese debía de ser el cambio al que se refería Sonia tan
rotundamente.
Al día siguiente acudió
a la sede que la empresa había abierto en Bilbao. Allí le mostraron mediante
maquetas de cerebros de plástico todos los detalles de la operación y los numerosos estudios que la avalaban, así
como el testimonio de algunos que se habían sometido a la misma y de lo
positivo que había sido y de lo encantados que estaban.
Las condiciones eran
que una vez que dos personas, en un principio del mismo sexo y edad, decidieran intercambiar sus vidas, se
procedía al trueque de sus líquidos esenciales. Primero se realizaba un cambio
provisional de un año de duración. Al cabo de éste, si una de las dos decidía
no seguir se le devolvía a cada uno su líquido original. Si por el contrario
ambos estaban satisfechos, podían prorrogar el cambio durante los años que
acordaran. Los datos que se compartían en la base de datos eran anónimos y
confidenciales y para acceder a ellos había que darse de alta en el proyecto y
abonar una cantidad inicial no muy elevada. Los cambios eran totalmente
voluntarios, así que formar parte de la base de datos no implicaba la
obligación de acceder a ningún cambio, por lo que Mikel no dudo en darse de
alta.
Nada más le
proporcionaron el acceso a la base de datos, se puso a rastrear en busca del
perfil de Sonia. Se sorprendió de que hubiera tanta gente registrada en una
cosa de estas. Buscó y rebuscó la ficha que se refiriera a Sonia. Ya iba a
darse por vencido cuando encontró una que encajaba totalmente con ella.
Mujer. 35 años de edad.
Buen físico. Heterosexual. Sin hijos. Sin compromiso. Domicilio en Bilbao en
piso de alquiler en el casco antiguo. Trabajo estable en una empresa de diseño.
Creativa y emprendedora. Aficiones: Las artes en general: pintura, fotografía,
escultura (cerámica), música (toca la guitarra), pasear y andar en bici por el
campo, viajar y conocer otras culturas. Seguía un escrito más detallado en el
que se confirmaba que se trataba de ella.
Estuvo pendiente de la
ficha hasta que al cabo de una semana desapareció de la base de datos, señal de
que podría haber accedido a algún cambio.
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Maite llegó a
Barcelona hace trece años a estudiar zoología en la autónoma. Desde entonces
reside allí. Durante la tesina conoció a Marc con el que compartió feliz el
estudio de los cirrípedos (percebes) y la cama de su piso de estudiantes
en el ensanche durante seis años de su vida. Hasta que un día a Marc se le
cruzaron el cable y una danesa en un congreso sobre la fauna de los litorales
en Helsinki. Fueron momentos muy duros para Maite que buscó refugio y consuelo
en su amiga Angels que, a su vez, había salido recientemente trasquilada de una
relación sentimental. Una noche de juerga la compasión mutua pasó a ser pasión directamente. Se
enrollaron. Fue el comienzo de una relación complicada como todas las
relaciones humanas, agravada por la labor interna y externa que implica la
homosexualidad. Dudas que acechan continuamente, las primeras miradas
sesgadas de una sociedad hipócrita clavándose en sus cuerpos, la
autocensura con toda muestra de cariño en público, como si lo suyo en
lugar de amor fuera un delito. El pecado de amar.
Maite había
conseguido salir indemne de tanta batalla, pero estaba psicológicamente
agotada. Así que cuando vio la posibilidad de tomarse un respiro durante aun
año, primero pensó en ella misma y lo bien que le vendría estar un año sin
presiones y coger fuerzas desde la distancia, para luego reafirmarse en su
relación con Angels a la que amaba de verás. Luego pensó que la que viniera en su lugar vendría con ganas e
ilusión y aportaría aire fresco a una relación, cuyo peso últimamente había
recaído en Angels, con el riesgo de que ésta también acabara quemándose.
Efectivamente,
Maite acertó en sus pronósticos. Sonia congenió de maravilla con la buena de
Angels y afrontó como si de un reto se tratara el descubrimiento de la
homosexualidad. No tardó en disfrutar con ella tanto o más que con ellos.
Angels agradeció aquel cambio de actitud de su amante y compañera que ahora se
mostraba mucho más decidida y le cedió gustosa la iniciativa.
Pasó el año
de plazo. Sonia aunque le cogió mucho cariño, no se enamoró de Angels y
se dio cuenta de que Barcelona le quedaba bastante grande. La experiencia le
había resultado de lo más positiva, y volvió con ganas de seguir indagando en
la condición y relaciones humanas.
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La familia
Zabala representaba lo que viene a llamarse una familia tradicional de clase
media alta. Él provenía de una saga de arquitectos de prestigio en San
Sebastián. Ella, arquitecta también, lo conoció a él en la facultad; ella
recién entrada y él a punto de licenciarse. No esperaron ni a que ella
terminara la carrera para casarse. Al poco empezaron a aumentar en número la
familia. Él trabajaba en el
estudio de su padre junto a otro hermano mayor, arquitecto también,
mientras que ella asumía el papel de madre abnegada con sus hijos. De vez en cuando, su marido le
pedía opinión sobre algún proyecto o sobre algún presupuesto, pero poco
más. La verdad, es que tampoco lo echó mucho en falta. Aunque disponían de una
asistenta que se encargaba de las tareas del hogar, era muy celosa en el
cuidado de sus retoños.
Tuvieron
tres niños bastante seguidos, así que durante los primeros años apenas tenía
tiempo para otra cosa. Sin embargo, ahora que Daniel, el más pequeño, había
empezado el colegio comenzaba a disponer de él y a cuestionarse su valía como
mujer y como persona. Intentó, en un principio, hacerse con un sitio junto a su
marido, pero pronto comprobó que los dos hermanos habían adquirido con los años
una forma muy personal de llevar el negocio que no admitía muchas variaciones.
Además, el hecho de convivir más tiempo con su marido no hizo sino enturbiar
una relación que hasta la fecha había sido al menos correcta. Así que cuando
vio que una chica soltera y con un trabajo creativo marcaba la casilla que
indicaba que aceptaría un intercambio con ella, apenas le costó un minuto
decidirse.
Sonia sentía
mucha curiosidad por ser madre y por una vida en pareja normalizada. El hecho de
que fuera una familia medianamente rica le resultaba atractivo. De este
modo podría salir de la precariedad en
la que llevaba toda su vida.
Como cada
vez que estrenaba proyecto, lo cogió con ganas. Utilizó su entusiasmo y su
creatividad con los hijos e intentó
hacerle ver al marido lo mucho que ella, desde otro punto de vista, podía
aportar tanto en el trabajo como en su relación matrimonial. La verdad es que
algo consiguió pero al final el año se le hizo largo y acabó un poco
desilusionada y deseosa de volver a la aventura que suponía su vida diaria. El
cuerpo le pedía más marcha que la que le ofrecía la familia Zabala.
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Miguel, según constaba
en la ficha, era un hombre libre, de treinta y siete tacos, alto y fibroso.
Ejercía de profesor de filosofía en el instituto de Balmaseda, un pueblo de
Vizcaya, y era un gran aficionado a unos cuantos deportes. Nunca había
estado casado, aunque había tenido varias relaciones a lo largo de su vida,
algunas de ellas más o menos serias. Se consideraba una persona extrovertida,
con carácter algo fuerte y con un fino sentido del humor. Aseguraba también no
haber tenido nunca excesivos problemas para ligar. Residía en el mismo
Balmaseda, en un piso que estaba estrenando.
Fue él quien marcó
primero la petición de intercambio. Al principio, a Sonia le hizo sonreír aquel
imposible, pero a medida que discurrieron las horas se le fue haciendo
más factible. De tal manera que al final de la tarde aceptó. Nunca había tenido
reparos a la hora insinuarse a un hombre que le gustase. Pero al igual que les
ocurre a algunos perros de caza de gran olfato que no valen porque se asustan
con los tiros, a muchos hombres les
intimidaba esta actitud. Además, por mucho que ella se atreviera a llevar la
iniciativa, siempre eran muchos más los que intentaban seducirla a ella . Era
evidente, que aunque cada vez menos, el mundo seguía siendo de ellos. Fue ese
coqueteo con el poder machista lo que le llevó a aceptar el reto.
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Sábado noche. Miguel y
una chica se han apartado de sus respectivas cuadrillas. Ella es bastante guapa.
Por un instante, cuando la ha visto de perfil, le ha recordado a su yo
original, a Sonia. parecida en altura, si no fuera por los tacones, más
delgada, nariz picuda casi idéntica a la suya y los mismos ojos color verde
aceituna. Aunque su mirada insegura, asustadiza casi, nada tiene que ver con la
mirada sincera y vivaz de Sonia. También cambiaba el pelo liso teñido de rubio
platino, el maquillaje excesivo y la ropa de marca de Nerea, que así era como
se le había presentado.
La mente femenina de
Miguel estaba ansiosa por estrenar el arrojo y la impunidad del macho. Se
sentía como un leopardo ante una frágil gacela a la que ha logrado
separar de la manada. Sin poder aguantarse por más tiempo lanzó su primer
ataque. Nerea llevaba ya un rato con la sonrisa puesta y riéndole
exageradamente todas sus gracias de machote de pelo en pecho, cuando de forma
aparentemente natural e inocente le pasó el brazo derecho por encima de sus
hombros. Ella se ruborizó y no le correspondió como él esperaba, pasándole el brazo
izquierdo por la cintura. Así que se soltó con la misma suavidad con la que se
había apoyado. Un primer quiebro pensó. Continuaron con la ronda de bares. Con el alcohol desinhibiendole cada vez
más, se sucedieron más acercamientos. Hasta que Miguel descubrió los ojos de
ella titilando a la vez que le sonreía de oreja a oreja y le plantó un beso en
los labios que ella no rechazó. Entre más besos y abrazos de pasión llegaron al
apartamento de Miguel.
A la mañana siguiente,
Miguel se levantó oprimido por los efectos diuréticos de la cerveza. Nerea
dormía plácidamente. Mientras meaba recordó con una sonrisa lo bien que
se le había dado la caza anoche. Ya frente al espejo, le vinieron a la memoria
los últimos jadeos de Nerea, en los que le llamaba Mikel en vez de Miguel.
¿Mikel? -se preguntó- si en ningún momento se había presentado con el nombre en
euskera… De repente, reconoció la mirada que le devolvía el espejo.
Efectivamente era Mikel, un amigo de infancia que años más tarde se le insinuó
y ella rechazó, aunque siguieron manteniendo la amistad. El mismo
al que años atrás le dejó entrever sus intenciones de cambio.
Horrorizada corrió
al dormitorio. Destapó el cuerpo desnudo de Nerea. Se acercó al ombligo, y tal
y como esperaba, se encontró aquel lunar en el punto exacto donde lo dejó
antes de cambiar de vida.
Paz Olivares, finalista del XIV premio Ojalá literario con El Balcón
EL BALCÓN
El balcón del sexto piso le ofrece el ángulo perfecto para verla. Ella vive justo enfrente, en el quinto. Cuando tiene las persianas subidas, que es casi siempre, le regala la visión completa de su salón. Es pequeño y estrecho, pero tiene dos enormes ventanas que la vecina ha terminado de adornar con varios maceteros de geranios blancos. La ha visto esta mañana traerlos, empapada en sudor, en dos viajes: bolsa de tierra en uno, maceteros y flores en otro. La ha visto afanarse en colocar las flores en el interior de los maceteros acogiendo primero en la palma de la mano, con sumo cuidado, las raíces, para depositarlas después sobre la base del recipiente. Ha rodeado el bulbo esparciendo la tierra oscura y húmeda hasta cubrirlo por entero y tras darle varios golpecitos alrededor del tallo para aferrarlo a su verticalidad, ha procedido de igual forma con el siguiente. Así, hasta completar los dos largos maceteros grises. Finalmente, se ha sacudido los restos de tierra con una palmada enérgica y ha asentido satisfecha. Luego ha desaparecido cruzando el salón a toda prisa.
Al vecino le exaspera no saber qué hay más allá de la frontera delimitada por los marcos de las ventanas. No adivina si hay un pasillo que conduce a alguna habitación, o a varias, o si va a parar a una cocina americana, o si la vecina debe girar a la izquierda o a la derecha para ir al baño. Solo conoce esa región: el salón. Pasea la mirada sobre el sofá naranja, la mesa baja que hay frente a éste, el perfil abombado de una tele de finales de los 90, y tras él, una pared llena de estanterías huérfanas de libros. La visión de la que disfruta es lateral, es decir, que cuando la vecina se sienta en el sofá, él solo ve sus piernas apoyadas sobre la mesa y, de vez en cuando, alguno de sus brazos estirándose para coger el mando del televisor. Esta lateralidad le dificulta la visión, es verdad, pero gracias a ella también es más difícil que la vecina le descubra. Para verle tendría que asomarse desde alguna de las ventanas y mirar hacia arriba, cosa que no ha hecho desde que llegó, hace apenas un mes.
La vecina le ha intrigado desde entonces. Desde que apareció en medio del salón vacío y lo llenó con cajas y más cajas y trastos y más trastos que un hombre con un mono azul iba acumulando sobre el parquet. Ella ordenaba y el del mono acataba. La llegada fue rápida, pero habituarse al nuevo espacio le llevó más tiempo. Tardó días en recolocar todo aquello. El vecino la vio sacar cafeteras, platos, sábanas, cuadros, cubiertos, marcos de fotos, carpetas, lámparas y hasta un pequeño ventilador metálico que la vecina enchufó nada mas sacarlo. En fin, toda suerte de cachivaches que parece le acompañaban desde hacía mucho tiempo. La vio sacar también un ordenador que no ha podido averiguar dónde acabó. Supone que en el dormitorio. Lamenta no poder verlo.
El vecino mira los geranios. Parece que la vecina se ha instalado de manera definitiva.
No sabe cuál es su nombre, ni qué edad tiene, ni a qué se dedica. No sabe si es de Madrid, si sus padres viven, si estuvo casada alguna vez o si decidió en algún momento no ser madre. No sabe si conduce o prefiere el autobús, si le gusta pasear por el parque o prefiere los centros comerciales. No sabe en qué piensa cuando la descubre asomada a la ventana con el codo apoyado sobre el alféizar, cuando su mirada se queda absorta y suspendida en algún punto indefinido. Un punto que él siempre intenta localizar como si al conseguirlo resolviera un enigma. Nunca lo logra, claro está.
No sabe nada de ella, pero conoce todos sus detalles.
Conoce la hora a la que despierta: las siete y media en punto, y la hora en que habitualmente desaparece por las noches: alrededor de las doce y media. Conoce el tiempo que tarda en vestirse para ir a trabajar y el que pierde cuando se prepara para salir las noches de los sábados. Conoce detalles tontos como la costumbre de comer una onza de chocolate después de cenar o la de pintarse las uñas de los pies de rojo, o la de cantar, muy mal y a voz en grito, mientras pasa la aspiradora. Conoce la costumbre de quedarse en el sofá dormida la noche de los domingos. La ha visto reirse a carcajadas al teléfono. También la vio llorar ayer. No conoce la razón por la que lloraba, pero de algo estaba seguro: nadie la había visto llorar como la había visto él.
Ahora, por ejemplo, se está cepillando los dientes. Es una de las cosas que más le gusta ver. Lo hace siempre frente a la tele, como casi todo, la verdad. Se coloca la mano izquierda en la cadera y frota con brío el cepillo durante un buen rato. Como hace calor, lleva una camiseta de tirantes que no sujeta el movimiento del pecho. Se le mueve turgente en un descompás mórbido que hipnotiza al vecino. Le gusta sentirla ajena a su mirada, eficaz en su tarea. Cuando acaba el rito higiénico se va, supone el vecino, a aclararse la boca. Se queda entonces ansioso esperando su reaparición. Contando el discurrir de los segundos, de los minutos, ahogándose bajo el peso de su ausencia.
El calor le está volviendo loco. Se mete en casa. Abre la nevera y agarra una lata de cerveza. La coloca sobre la nuca. El frío le eriza la piel. Es un alivio momentáneo que apenas dura un instante, pero le calma. Echa un trago largo. “Otro más como éste y adiós lata”. Y es la última. Tendrá que dosificarla.
Mientras cruza el pasillo de camino al balcón se le ocurre que podría acercarse a casa de su madre y llevarse los prismáticos con los que cazaba su padre. Así se acercaría aún más a ella… Pero entonces recuerda a su padre riéndose de su hijo porque vomitó el primer día que olió la sangre de un jabalí. Quizá pensara ahora que su único vástago se había aficionado por fin a la caza. Quizá desde algún lugar del infierno continuara riéndose al verle avistando una pieza que abatir. Su vecina no merece ese trato. Descarta la idea.
El balcón, al ser de piedra, parece un horno. Le recibe tórrido. El vecino se termina la cerveza de un solo trago. “A la mierda el control”, se dice. Hoy quiere disfrutar. Al fin y al cabo, para eso se ha quedado en casa. En la gestoría, Pilar le había invitado a unirse al grupo aquella noche. Llevaba un tiempo detrás de él. No hacía más que organizar planes con los compañeros de trabajo con la esperanza de que el chico serio se animara algún día. Pero él ha rechazado, una vez más, la invitación. Pilar no está mal, habla por los codos (lo que le exime de tener que hacerlo él), y es divertida, optimista y valiente. En el trabajo, donde la relación establecida entre los dos es a todos los efectos de colegas, se siente cómodo. Pero salir de copas con ella es muy distinto. Estaría perdido. Las distancias cortas no son lo suyo.
Aliviado, se deleita con las vistas.
Descubre a la vecina cargada con la tabla de planchar. La ve enchufar la plancha. Observa cómo se recoge el pelo con lo que parece un palo afilado de madera. Lo realiza en un solo movimiento certero. Le admira su habilidad, la destreza de sus muñecas. Todo el alboroto salvaje de su melena bien sujeto. Es una domadora nata. Le encanta.
Se enciende un cigarrillo. No le apetece fumar, pero es una coartada perfecta para continuar en el balcón bajo el sol de julio que calienta implacable el muro de piedra. La camisa se le pega a la espalda. Mientras aspira una calada ve a la vecina resoplar. El vapor de la plancha la debe de estar asfixiando. Agarra una camiseta y la plancha con rapidez. Luego un vaquero, otra camiseta, una falda, otra camiseta… Se aparta de la ropa y se acerca al equipo de música. Sube el volumen y la melodía de un bolero despereza el silencio de la siesta. La voz melosa del cantante se abraza a las antenas de los tejados. La vecina prosigue con la faena, seria, fijos los ojos en los tejidos y colores que se suceden sobre la tabla.
El vecino, se asoma a la oquedad vibrante del escote de la camiseta amarilla. Desde arriba, la perspectiva es generosa. “Está realmente buena”, piensa. Quizá le sobren unos kilos, pero son justo esos los que le excitan. Los que le impelen a perderse en ensoñaciones sexuales. Su madre la calificaría como vulgar, su padre diría que está hecha para montarla. A él, le parece perfecta.
Enciende otro cigarrillo. Le da un respiro, una oportunidad para desviar los ojos. Hace un esfuerzo en demorar el regreso de su mirada que, como la aguja imantada de la brújula, señala siempre hacia el norte. Se rinde. Es inútil luchar contra el magnetismo. El norte está en el quinto piso del edificio de enfrente.
Los hombros de su vecina brillan perlados de sudor. El pelo se le pega húmedo en la nuca. El vecino desearía apartárselo a lametazos. Querría acercarse por detrás y abrazarla abarcando la cintura. Le mordería la base de la nuca, la curva insinuante de la clavícula. Ella se reiría, maliciosa, invitándole a seguir…
Le escuecen los ojos. Y los testículos. Se ahueca el vaquero y los sopesa en su palma. Los calibra. Le duelen. Aspira otra calada. La rigidez de la erección es intensa. Se enorgullece de ella. Desearía incluso pavonearse. Sonríe un poco abochornado ante su vanidosa incontinencia. Se desabrocha el cinturón y lo deja caer sobre el suelo. Quiere estar cómodo.
La vecina desaparece. Vuelve al instante con el recipiente de agua con el que carga la plancha. Esta vez sujeta un vestido rojo con delicadeza. Lo coloca con suavidad y desliza el acero sobre los pliegues de la seda.
Apaga el cigarrillo. Intenta adivinar la tersura de la piel de su vecina. La desea tanto que le cuesta respirar. Mira a su alrededor, sobre los tejados, ventanas, terrazas y miradores. No hay nadie. Nadie le ve. Están solos. Ella y él. Se agarra el sexo mientras la contempla. El muro del balcón oculta el movimiento frenético del brazo. La mira e imagina el vaivén rítmico de sus nalgas al penetrarla. La imagina gimiendo, mordiendo, gritando bajo sus embestidas. Entrecierra los ojos mientras vislumbra cómo la vecina se retira el sudor de la frente. Al hacerlo, su axila, blanquísima, queda expuesta, desnuda frente a él. El calor que invade sus muslos le avisa. Aprieta la mano. No puede más. Eyacula en el puño cerrado.
Cuando abre los ojos, se encuentra con los de ella. Unos enormes ojos oscuros que desde la ventana le observan con curiosidad. Parecen… ¿divertidos?
Se abalanza hacia el interior huyendo a trompicones. Cierra con brusquedad la persiana y corre hacia el cuarto de baño. Se lava las manos con fruición sin mirarse al espejo. Se dirige, arrastrando los pies, hacia el salón. Se tumba en el sofá. Quiere dormir, pero le vence el abatimiento.
“¡Será puta!” , se dice, mientras solloza tapándose la cara con los dos brazos.
La tarea acumulada de Raúl Martínez, primer premio XIII ojalá de literatura
La tarea acumulada
El reloj de la plaza acababa de dar las siete de la tarde, cuando Joaquín sintió por primera vez a la Muerte siguiéndole tras sus pasos. Nunca la había visto antes, sin embargo, desde el primer momento supo que era ella. Y eso que, para ser la Muerte, presentaba un aspecto un tanto descocado. Vestía un traje de noche de tirantes negro con un gran escote, a pesar del frío de la tarde invernal. Las ojeras, marcadísimas, resaltaban con la palidez extrema de su piel, y su melena, lacia y negra azabache, estaba despeinada como si acabara de levantarse de la cama. Parecía caminar con aire despreocupado y aburrido. Joaquín se cercioró de que era a él a quien seguía, dando un rodeo a una manzana. El repiqueteo de los afilados tacones de la Muerte lo acompañó durante todo el trayecto. Quedaba claro pues, que era a por él a por quien había venido. Cómo podía ser esto posible, se preguntaba, si estaba rebosante de salud; no en vano, venía de ganarle fácil al squash a su amigo Fernando. Y qué iba a ser del viaje en mayo a Torremolinos junto con Inés, su novia, que acababa de pagar. No, tenía que haber un error, así que decidió intentar darle esquinazo. Entró hasta el final de un céntrico y concurrido bar, y se pidió un café. No había terminado de darle el primer sorbo cuando se la encontró frente a él. Había encendido un cigarrillo y fumaba tranquilamente. En ningún momento cruzaron sus miradas. Ella continuaba como ausente, sin fijarse en nadie en particular. Lo peor para Joaquín era ver la misma cara de despreocupación en el resto de la gente que había en el bar. No podía seguir esperando allí. Tampoco se atrevía a pasar por casa por el riesgo que suponía, que además de él, de paso aprovechara para llevarse a su novia, o al gato mismo. De repente se le ocurrió ir a la reunión informativa de clientes de la caja de ahorros, que con motivo de su fusión con otras cajas, se celebraba esa misma tarde. En un principio no tenía ni la más remota idea de aparecer, pero dadas las circunstancias, pensó que la Muerte no tendría el arrojo suficiente de llevárselo con semejante multitud de por medio. Además, para entrar a dicha reunión, había que acreditar mediante tarjeta o cartilla de ahorro ser cliente de la caja, cosa que la muerte era poco probable que fuera.
Cuando llegó, la reunión hacia ya media hora que había comenzado. Al entrar en la sala, unas cuantas personas se giraron rápidamente, como si estuvieran esperando a alguien, para luego, al ver que el que entraba era Joaquín, a quien nadie conocía, retornaran a su posición inicial, con una sensación de alivio añadida en sus rostros. En los minutos posteriores, el que estuvo mirando continuamente hacia atrás, fue Joaquín, para asegurarse de que la Muerte no lo había seguido esta vez, tal y como él había imaginado. La charla sobre el nuevo estado financiero de los fondos, planes de pensiones, y demás cuentas que ofertaba la caja tras la fusión, corría a cargo de tres trajeados directivos, que se turnaban para explicar las distintas gráficas y tablas numéricas que se proyectaban en una pantalla desde un cañón. La mayoría de los asistentes, se había perdido con la primera gráfica con forma de perfil de etapa reina del tour de Francia. Apenas había transcurrido la explicación de los beneficios de un determinado bono desde la llegada de Joaquín, cuando aprovechando la medio penumbra de la proyección, irrumpió desde el público un hombre armado con una metralleta en cada mano. Para sorpresa de todos, el hombre era un conocido cajero de toda la vida en la sucursal que tenía la caja en el centro de la ciudad. Sebastián, que era como se llamaba, explicó a todo el atemorizado personal, como en treinta largos años de servicio, había tenido que soportar la humillación por parte de sus directivos, de que no le ascendieran nunca de su puesto de cajero, mientras que hijos de papá recién llegados, ascendían como las cabras al monte. Para más INRI, ahora con la crisis y la fusión de las cajas de ahorros, la nueva entidad resultante iba a aplicar un ERE, del que el desafortunado de Sebastián formaba parte. Fue la gota que colmó su paciencia. Así que había elegido la inauguración para cobrárselas todas juntas. Acto seguido, sin mediar palabra, empezó a vaciar los cargadores de sus metralletas sobre los presentes, sin hacer distinción alguna entre directivos, empleados como él, o meros clientes como Joaquín. Consiguió matar a todos. Sin embargo, Sebastián cegado por la desesperación y el odio acumulado durante tantos años y sumido en un delirio de sangre, seguía ensañándose con los directivos a balazo limpio. En esto, entró la Muerte a la carrera.
- ¡Sebastián! – le gritó.
Sebastián se dio la vuelta, apuntando con la única metralleta en la que le quedaba munición, hacia donde provenía la voz. De inmediato reconoció a la Muerte, y bajó el arma.
-Vale ya Sebastián!, ya es suficiente, ya has cumplido con tu venganza.
-¿cómo?, pero....- balbuceo Sebastián.
- Claro, tú no lo sabes – le interrumpió la Muerte – pero te mereces una explicación por tu buen trabajo.
Todos los años la Vida y yo, la Muerte, celebramos una fiesta, llamémosla de hermandad, a la cual invitamos a todos los elementos que hacen posible la existencia de la vida, y su posterior destrucción, claro está. Por poner un ejemplo, te diré que asistieron entre otras, la Guerra, recién llegada de Libia con su aspecto rudo y hostil de siempre y con algunos kilos de más, luciendo su más elegante uniforme; la Esperanza ilusa, frágil, y tremendamente ridícula, con un vestido verde pistacho de lo más hortera, el Odio al que acompañaba del brazo la Envidia embotada en un traje de noche de lentejuelas doradas que no le sentaba nada bien, el Amor que también presentaba en sociedad a su último ligue, ni más ni menos que a la Salud, más radiante si cabe que nunca, y un largo etcétera. ¿Me sigues, no? A lo que Sebastián, asintió levemente, con la mirada en ninguna parte.
- Pues bien, - prosiguió la Muerte – dicha fiesta la celebramos ayer mismo. Fue una fiesta por todo lo alto. Con su banquete, su baile, su parranda y demás. Todos, salvo el Sueño y el Aburrimiento, por razones obvias, desfasamos un montón. Y no habría sido más que una canita al aire en nuestro atareado calendario, de no ser porque la Vida, la muy puta, me presentó al Humor Negro. Desde un principio, se estableció una complicidad mutua entre nosotros. Él es un negrazo, más negro que el rey Baltasar, enorme de alto y de cuerpo atlético. Vestía esmoquin tan oscuro como él, con sombrero de ala ancha incluido, y al contrario que el resto de humores, a los que aborrezco, se trata de un tío serio, que como mucho llega a la sonrisa cuando realmente vale la pena sonreír. En la sobremesa estuvimos, entre ron y ron, contándonos, él lo mejor de su repertorio, y yo, mis anécdotas más divertidas. Me sacó a bailar, y fuimos la pareja sensación de la noche, sobre todo cuando tocaba algún aire caribeño. Luego vino la parranda; con más ron y más salsa. Finalmente acabamos la faena en su apartamento... Total, que hoy vuelve a ser laborable para todos, y me he despertado a las tres de la tarde. Sin tiempo de pasar por casa para una ducha siquiera, he tenido que salir como una loca a cumplir con el pedido de hoy. Me quedaba muy poco tiempo, así que se me ha ocurrido aprovechar que tú te los ibas a cargar a todos en la reunión esta de la caja, para que te cargaras unos cuantos más. De esta manera, mi trabajo ha consistido en tratar de que todos los de la lista de hoy, asistieran a la reunión. Y no te creas que me ha sido fácil, que lo mío me ha costado, sobre todo con el último, el cretino del Joaquín ese. Pero al final, la puta Vida se va a tener que joder una vez más, porque a pesar de sus artimañas, yo he cumplido, y eso ha podido ser gracias a ti, campeón.
Sebastián se había quedado de piedra. No podía dar crédito. Hasta la muerte lo había utilizado. En el exterior se oían sirenas. Con la mirada ida, como si de un autómata se tratara, empuñó la metralleta y se pegó un tiro.
La Muerte suspiró largamente, y dirigiéndose al cuerpo sin vida de Sebastián, añadió:
- Mira que por poco me la haces buena, macho. Era la última bala que te quedaba, y tú también estabas en la lista.
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